Cada día, antes de terminar su turno, recogía el dinero que a lo largo de la mañana se había generado en las cajas. Toñi trabajaba en un supermercardo y entre otras cosas, era la encargada de atender la línea de caja: proveía el dinero para cambio, asistía a los compañeros de caja siempre que era necesario y como ya he comentado, acometía las retiradas de dinero y las custodiaba hasta que ella misma las depositaba en la caja fuerte.
Toñi tenía una debilidad: el oro. Cuando pasaba, camino del trabajo, por delante de la joyería, el escaparate la atrapaba. Miraba con fijación todo cuanto se exponía en él. Luego, con desgana seguía su camino negando con la cabeza. Con su sueldo no podía permitirse nada de lo que allí se exponía ni siquiera aquellos pendientes que tanto le gustaban... a no ser que... De pronto se le encendió una lucecita en su interior y con una sonrisa maliciosa trazó un plan: sisaría cada día una pequeña cantidad, apenas nada, de los sobres de la retirada de las cajas y de los cartuchos de monedas para el cambio antes de depositarlos en la caja fuerte del supermercado. Y así lo hizo.
Empezó con pequeñas cantidades, y expectante, aguardaba unos días con mucho nerviosismo a ver si alguien la descubría. Como no pasaba nada, se animó a subir la cuota de sus sustracciones y a llevarlas a cabo con más frecuencia y cuando se confió en que su plan era perfecto y todo estaba controlado... una compañera, la pilló in fraganti.
La fiebre por el oro, a Toñi le costó su puesto de trabajo, una denuncia por robo y perder lo que ninguna persona debe perder: la dignidad.