Con los brazos abiertos y la cabeza hacia atrás, floto en la superficie del agua. Mi cuerpo se hidrata y mis facciones, liberadas del ajetreo cotidiano, afloran a su estado natural: los ojos se cierran, la boca se entreabre, las mejillas se relajan.

Nada en mi mente, nigún pensamiento. Está vacía, en blanco. Unicamente se ocupa de controlar el ritmo de mi respiración: que sea profundo y que sea lento.

Todo cuanto siento son los rayos de sol incidiendo sobre mí; la caricia del agua al rozar mi piel y el placentero paseo al que esta suave brisa me lleva, sumergiéndome en una inercia de la que no quiero salir.





Algunas veces, no demasiadas;
los pueblos,
EL PUEBLO,
derriban o derriba
las fronteras que las naciones levantan.





Bien entrado el otoño, los membrillos lucen sus frutos en un amarillo tan reluciente y vivo que parecen pequeños soles suspendidos entre las hojas. Coges membrillos y, uno a uno, los pones con mucho mimo en la cesta de mimbre que llevas contigo.

Coges membrillos para mi porque sabes que me gusta que estén en mi particular bodegón de otoño con las granadas, las nueces, las castañas...

Coges membrillos para mi, aún sabiendo que no me gustan porque su sabor es áspero y seco. Sólo se decir que saben a membrillo. Coges mebrillos para mi porque sabes que me encanta su olor. Todo se impregna de un aroma que no se describir. Sólo se decir que huele a membrillo.




Otra vez preparamos el azafate de porcelana blanco con borde azul sobre la peana de la chimenea. Pones aceite y yo suelto las mariposas que contiene la cajita de cartón que me has dado. Las vamos encendiendo y a mi me parecen barquitos en la mar, con su pequeño farol, navegando. Navegando hacia donde los ojos no pueden ver, navegando para aportar una veta de luz a tanta oscuridad.

Mariposas de aceite para iluminaros esta noche una vez más.


El frío de esta velada tan otoñal, nos reúne a todos junto a la chimenea. Asamos castañas y tú nos cuentas hitorias de antaño. Yo escucho atentamente y dejo que mi mente viaje a esos lugares y a esos momentos que vas describiendo. Mis ojos ven a través de tus palabras cómo vivían la víspera de todos los Santos, muchos años atrás, mis abuelos. Me dejo llevar absorta completamente en tu narración y así, sin más, me cuelo en la tarde en la que...

... De vuelta a casa, después de una jornada de labores en el campo, mi abuelo trae consigo una calabaza que él mismo ha criado en la huerta. Los más pequeños miramos con con mucha curiosidad y nos preguntamos que hará con ella.

Al abrigo de la lumbre, abre la calabaza por debajo y la ahueca cuanto puede, quitándole la pulpa. Despues le hace unos orificios que parecen los ojos, la nariz y la boca de una cara.

Sale a buscar un pequeño candil, de esos que apenas se usan de puro viejos que están. Regresa con uno envuelto en telarañas que una vez rotas y desempolvado, luce como en sus mejores tiempos. Después prepara una torcida que debe durar toda la noche.

Con una candela de la lumbre prende la mecha y cuando la llama se levanta, sombras danzantes se proyectan en la estancia. Introduce el candil encendido dentro de la calabaza y... ¡que visión más espantosa! Los reflejos de luz que por los agujeros se escapan muestran unos ojos encendidos, una nariz que arde y una boca que escupe fuego.

Finalmente, sobre el alféizar de la ventana, coloca la calabaza hasta el amanecer para que ésta noche las ánimas encuentren el camino de vuelta a casa.

Y entonces mi abuelo cae en la cuenta que hace ya un buen rato que los más pequeños hemos salido corriendo, despavoridos, a escondernos debajo de la cama. Con un sonora carcajada, se sienta en la mecedora, coge el atizador y aplica la lumbre, que corresponde a su risa con unas chispitas blancas y rojas.